Hace mucho tiempo, en un reino peul, vivía un rey al que le gustaba humillar a los intelectuales y maestros. El rey, llamado Soudain, tenía la costumbre de hacerles preguntas con el objetivo de mofarse de ellos si no encontraban una respuesta que le complaciera. Era tan irrespetuoso y vejatorio en su trato para con ellos, que muchos de estos sabios optaron por abandonar el reino. Estos preferían consagrar sus vidas a transmitir sus conocimientos en otro lugar que soportar las continuas ofensas del monarca.
Un día, el rey mandó llamar a una audiencia en palacio al viejo sabio Diouldé, uno de los más respetados del reino. Soudain, el rey, amparado por una multitud de consejeros y cortesanos le dijo a su llegada:
– Mis estimados vasallos, esta tarde tendré el placer de probar de nuevo que ningún hombre, sabio o maestro, puede descifrar mis enigmas.
Dicho esto, mandó a un sirviente traer un mortero con su correspondiente mazo y le preguntó a Diouldé:
– ¿De donde viene el ruido? ¿Del mazo o del mortero? ¿Y en qué proporción e intensidad?
El viejo sabio respondió:
– El ruido viene de ambos, pero sin estudiarlos no conozco, a priori, la intensidad.
El rey se echó a reír y empezó a mofarse del sabio, seguido por toda su corte. De repente, de entre la multitud surgió Kangado, el tonto del pueblo, y sin que a los guardias les diera tiempo a reaccionar, se acercó al rey y le abofeteó diciendo:
– ¡Majestad! ¿El ruido viene de mi mano o de vuestra cara? ¿Y en qué proporción e intensidad?
Sorprendido por este temerario gesto, el soberano y la corte se quedaron sin palabras y, tras un silencio interminable, Kangado exclamó:
– Hay que ser tonto para responder a ciertas preguntas absurdas.
Desde ese día, el rey dejó de humillar a los sabios.
Texto: Cuento Peul (Malí)
Fotografias Malí: Isabel Paramés
Música: West End Blues
Montaje: Ona Daurada