Querría llegar a ser un iluminado

Érase una vez un hombre bueno y generoso, admirado y querido por mucha gente por sus obras. Un día, llegó a su pueblo un lama muy famoso. Aquel hombre pidió hablar con el lama, y cuando este deseo le fue concedido, se postró a los pies del santo y le habló así:

-Querría llegar a ser un iluminado, lleno de compasión y sabiduría, para poder ayudar a todos los seres vivos y dedicar mi vida a la enseñanza de Buddha. ¿Qué debo hacer?

El lama vio que el hombre era sincero en sus intenciones y le dijo que fuera a las montañas y pasara su vida orando y meditando. Le dio al buen hombre una oración especial para invocar y le dijo que si hacía eso continuamente y con gran devoción, se convertiría en iluminado, capaz de ayudar a todos los demás con su sabiduría y su compasión.

El hombre hizo tal como el lama le había ordenado. Se fue a las montañas que rodeaban el pueblo, encontró una cueva y se puso a meditar en ella con el mayor fervor. Durante muchos años estuvo perseverando, pero, con todo, no obtenía la iluminación Después que hubieron pasado veinte años, el lama visitó de nuevo el pueblo. El hombre bueno supo de su llegada y descendió de la cueva para obtener una audiencia con él.

Esperó durante días, mientras mucha gente hacía cola para ver al lama y obtener su bendición. Finalmente le fue concedido ver al santo hombre, y después que le hubo rendido homenaje, el hombre le contó al lama su situación:

-He estado veinte años orando y meditando como me ordenasteis, pero aún no he obtenido la iluminación. Debo de estar haciendo algo mal.

El lama adoptó un porte solemne:

-¿Qué te dije que hicieras?

El hombre le contó todo lo que había estado haciendo durante esos veinte años.

-¡Oh -dijo el lama-, me temo que eso no sirve para nada; era erróneo lo que te dije, y ahora ya nunca obtendrás la iluminación.

El hombre quedó destrozado, y, arrojándose a los pies del lama, lloró:

-Lo siento -dijo el lama-, pero no puedo hacer nada más por ti.

El hombre bueno, que ya era muy viejo, sintió que había perdido veinte años de su vida. De vuelta a su cueva, se preguntaba:

-¿Qué voy a hacer? Durante todos estos años he creído que podría obtener la iluminación y ahora he de abandonar toda esperanza de alcanzar jamás este objetivo.

Se sentó sobre la losa que durante veinte años había sido su almohada, su cama y su mesa, cruzó las piernas, cerró los ojos y pensó:

-Bien puedo seguir con mi oración y mi meditación, porque ¿qué otra cosa podría hacer ahora?

Sin ninguna esperanza de obtener la iluminación, se puso a meditar e invocar las oraciones que se habían vuelto tan familiares durante su largo retiro.

Inmediatamente, obtuvo la iluminación. Vio el mundo en toda su realidad. Todo estaba claro. Comprendió, por fin, que era sólo su ansia de obtener la iluminación lo que le impedía alcanzarla. Ahora podría ayudar a todos los seres vivos a encontrar la paz gracias a su sabiduría y su compasión. Ahora abandonaría su cueva y volvería al mundo a extender la enseñanza de Buddha.

Salió de su cueva y contempló el pueblo abajo. Lo había visto muy a menudo antes, pero nunca con tanta claridad como ahora. Por un momento, creyó oír la dulce risa del famoso lama mientras levantaba la vista al cielo y contemplaba el inmenso arco iris que se extendía sobre los picos nevados.

Anónimo tibetano

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *