Cómo la sabiduría se esparció por el mundo

Como la sabiduría se esparció por el mundo from Ona Daurada on Vimeo.

En Taubilandia vivía en tiempos remotos, remotísimos, un hombre que poseía toda la sabiduría del mundo. Se llamaba este hombre Ananzi, y la fama de su sabiduría se había extendido por todo el país, hasta los más apartados rincones, y así sucedía que de todos los ámbitos acudían a visitarlo para pedirle consejo y aprender de él.

Pero he aquí que aquellas personas se comportaron indebidamente y Ananzi se enfadó con ellos. Entonces pensó en la manera de castigarlos.

Tras largas y profundas meditaciones decidió privarles de la sabiduría, escondiéndola en un lugar tan hondo e insospechado que nadie pudiera encontrarla.

Pero él ya había prodigado sus consejos y ellos contenían parte de la sabiduría que, ante todo, debía recuperar. Y lo consiguió; al menos así lo pensaba nuestro Ananzi.

Una mañana, se dispuso a llevar la sabiduría hasta ese escondite secreto. Salió de su casa y emprendió el camino creyendo que nadie se enteraría de lo que iba a hacer. No se percató de que su hijo, Kweku, quien era muy listo, lo seguía.

Kweku vio pronto que Ananzi llevaba una gran jarra, y le aguijoneaba la curiosidad de saber lo que en ella había.

Ananzi atravesó el poblado; era tan de mañana que todo el mundo dormía aún; luego se internó profundamente en el bosque.

Cuando llegó a un macizo de palmeras altas como el cielo, buscó la más esbelta de todas y empezó a trepar con la jarra de la sabiduría pendiendo de un cordel que llevaba atado por la parte delantera del cuello.

Indudablemente, quería esconder el Jarro de la Sabiduría en lo más alto de la copa del árbol, donde seguramente ningún mortal había de acudir a buscarlo… Pero era difícil y pesada la ascensión; con todo, seguía trepando y mirando hacia abajo. No obstante la altura, no se asustó, sino que seguía sube que te sube.

La jarra que contenía toda la sabiduría del mundo oscilaba de un lado a otro, ya a derecha ya a izquierda, igual que un péndulo, y otras veces entre su pecho y el tronco del árbol. ¡La subida era ardua, pero Ananzi era muy tozudo! No cesó de trepar hasta que Kweku, que desde su puesto de observación se moría de curiosidad, ya casi no lo podía distinguir.

-Padre -le gritó- ¿por qué no llevas colgada de la espalda esa jarra preciada? ¡Tal como te lo propones, la ascensión a la más alta copa te será empresa difícil y arriesgada!

Apenas había oído Ananzi estas palabras, se inclinó para mirar a la tierra que tenía a sus pies.

-Escucha -gritó a todo pulmón- yo creía haber metido toda la sabiduría del mundo en esta jarra, y ahora descubro, de repente, que mi propio hijo me da una lección de sabiduría. Yo no me había percatado de la mejor manera de subir esta jarra, sin incidente y con relativa comodidad, hasta la copa de este árbol. Pero mi hijito ha sabido lo bastante para decírmelo.

Su decepción era tan grande que, con todas sus fuerzas, tiró la Jarra de la Sabiduría tan lejos como pudo. La jarra chocó contra una piedra y se rompió en mil pedazos.

Y como es de suponer, toda la sabiduría del mundo, que allí dentro estaba encerrada, se derramó, esparciéndose por todos los ámbitos de la tierra.

Cuento Anónimo: África

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