¿De dónde nacen nuestros errores?

 

Nos equivocamos mucho y muchas veces, algunas lo reconocemos, pero en la mayoría de las ocasiones nos cuesta aceptar que hemos errado. Con el transcurso del tiempo, cuando repasamos nuestra vida, localizamos unos puntos de inflexión en los cuales sentimos, o creemos, que nuestra forma de proceder no fue acertada o la correcta, y nos decimos: “Ahí me equivoqué, si hubiera actuado de otra manera mi vida sería distinta, cometí un error y evidentemente los errores se pagan”.

Actualmente el enfoque que se da a los errores es muy diferente, y desde una perspectiva más acertada, sabemos que, a menudo, los errores son inevitables y que gracias a ellos aprendemos; como humanos nuestro aprendizaje se basa en el método “prueba-error”.

Pero, ¿por qué nos equivocamos?, ¿de dónde nacen nuestros errores?, ¿podemos evitarlos? Y de ser así, ¿cómo?

 

 

Meditaciones Metafísicas

René Descartes (1596-1650), filósofo y científico francés, autor del libro “Meditaciones Metafísicas” en el la Meditación Cuarta (De lo verdadero y lo falso), nos expone una interesante reflexión sobre el por qué cometemos errores.

Algunos de sus argumentos son:

“Soy una cosa que piensa, es decir, que duda, afirma, odia, quiere, no quiere, y también imagina y siente”.   

“Reconozco, por propia experiencia, que hay en mí cierta facultad de juzgar o discernir lo verdadero de lo falso, que sin duda he recibido de Dios, como todo cuanto hay en mí y yo poseo; y puesto que es imposible que Dios quiera engañarme, es también cierto que no me ha dado tal facultad para que me conduzca al error, si uso bien de ella”. 

Continúa razonando que de esto puede derivarse la consecuencia de que nunca puede equivocarse, y que en efecto esto es así si se considera sólo oriundo de Dios y se vuelve todo hacia Él pero en cuanto se vuelve a mirarse a sí mismo comete infinidad de errores.

Así, Descartes, en su razonamiento meditativo llega a la conclusión de que los errores dependen del concurso de dos causas:

“La facultad de conocer, que hay en mí, y la facultad de elegir, o sea mi libre albedrío; esto es mi entendimiento y mi voluntad”. 

Para él, la voluntad o el libre albedrío es amplia y perfecta, mientras que la facultad de concebir es muy pequeña en extensión y sumamente limitada y de igual modo ocurre con la memoria o la imaginación.

“Sólo la voluntad o libertad del albedrío la siento en mí tan grande, que no concibo idea de otra más amplia y extensa; de suerte que es ella principalmente la que me hace saber que estoy hecho a imagen y semejanza de Dios”. 

Reconoce que ni la potencia de querer, ni la potencia de entender o concebir son causas de nuestros errores. Y se pregunta y responde:

¿De dónde nacen, pues, mis errores? Nacen de que la voluntad, siendo mucho más amplia y extensa que el entendimiento, no se contiene dentro de los mismos lí­mites, sino que se extiende también a las cosas que no comprendo; y, como de suyo es indiferente, se extravía con mucha facilidad y elige lo falso en vez de lo verda­dero, el mal en vez del bien; por todo lo cual sucede que me engaño y peco.

 

 

No se queja de que Dios no le haya dado una inteligencia más amplia y una comprensión más perfecta, puesto que es propio de la naturaleza de un entendimiento finito el no entender varias cosas y de la naturaleza de un entendimiento creado el ser finito.

Tampoco se queja de que le haya dado una voluntad más amplia que el entendimiento, puesto que la voluntad es un indivisible.

Más adelante piensa en la posibilidad de que Dios le hubiera creado incapaz de equivocarse.

Sin embargo, veo que hubiera sido fácil a Dios el hacer de manera que nunca me equivocase, aun perma­neciendo libre y siendo limitado mi conocimiento; bas­tábale haber dado a mi entendimiento una inteligencia clara y distinta de todas aquellas cosas que hubieran de ser objeto de mis deliberaciones, o bien sólo haber im­preso tan profundamente en mi memoria la resolución de no juzgar nunca una cosa sin concebirla clara y dis­tinta, que no pudiera nunca olvidarla. Y bien advierto que, considerándome solo y aislado en el mundo, hu­biera sido yo mucho más perfecto de lo que soy si Dios me hubiera creado incapaz de equivocarme; pero no por eso puedo negar que, en el universo, es más perfec­ción, en cierto modo, el que algunas partes no carezcan de defecto y otras sí que si fuesen todas iguales. 

Y finalmente nos propone el mejor medio para no errar, para no equivocarnos: no juzgar, no actuar, no hablar de aquello que en nuestro entendimiento no tenemos claro, de aquello que no sabemos.

Y aun tengo motivos para estar contento, porque si bien no me ha dado la perfección de no errar, empleando el primero de los medios citados más arriba, que es el de dar a mi enten­dimiento un conocimiento claro y evidente de todas aquellas cosas de que pueda deliberar, en cambio ha dejado, por lo menos, en mi poder el otro medio, que es mantenerme firme en la resolución de no dar nunca mi juicio sobre cosas cuya verdad no conozca claramen­te; pues aunque experimento en mí mismo la debilidad de no poder adherir continuamente mi espíritu a un mismo pensamiento, puedo, sin embargo, por medio de una meditación atenta y reiterada, imprimirlo hon­damente en la memoria, hasta el punto de no dejar nunca de recordarlo, cuando lo necesite, adquiriendo así la costumbre de no errar; y por cuanto en esto con­siste la más grande y principal perfección del hombre, estimo que no ha sido de poco provecho la meditación de hoy, que me ha descubierto la causa del error y la falsedad. 

Sólo el conocimiento nos ayuda a evitar nuestros errores

 y en consecuencia a ser más libres. 

Imagen: Perla Fuertes

Mamen Lucas

Ona Daurada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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