Y los claveles volvían

CLAVELES

 

No se muy bien porque, pero desde que me encuentro en esta extraña  y agobiante situación, en este estado que me resulta tan desconocido y al que no consigo adivinar como he llegado, vuelvo una y otra vez a la playa, a esta playa.

Vuelvo prácticamente cada atardecer como si una energía misteriosa me atrajera hacia ella.

Paseo por la orilla de una playa casi solitaria, en estas fechas pocas personas dedican su tiempo a pasear por una arena húmeda y fría oyendo el ruido de un mar poco apetecible para el baño.

Andaba yo pensando en mis  agobiantes problemas, dándoles vueltas y más vueltas en mi cabeza, cuando la vi llegar.

Era una mujer pequeña, no era joven pero tampoco parecía vieja, venía muy directa hacia la orilla y traía algo entre sus brazos, conforme se acercaba distinguí que era un ramo de flores, era un ramo de claveles, de claveles rojos.

Reconozco que me quedé intrigado y por un momento me olvidé de mí y de mis problemas y concentré toda mi atención en ella. Abrazaba el ramo de claveles y no solo su cara sino toda ella emanaba una gran tristeza, parecía que no tenía fuerzas para llegar a la orilla, que cada paso era un gran esfuerzo, como si quisiera llegar a ella y al mismo tiempo no deseara llegar, parecía como si fuese el ramo quien la llevaba a ella y no al revés.

Pensé: si no fuera por las flores que parece que la sujetan, no podría andar. Se acerco al borde de las olas y con mucho cuidado quitó el papel y después el lazo que unía los claveles, los miró y después de un pequeño abrazo los lanzó al mar.

Había una brisa fuerte y aunque no era un día de grandes olas, el mar estaba movido y unas olas medianas pero continuas barrían la orilla, los claveles poco a poco fueron volviendo y en un momento dado se creó un bello espectáculo. Delante de nosotros dos y a lo largo de un buen trecho, se veía unas ondas ribeteadas de espuma blanca salpicadas de puntos rojos.

Ella fue cogiendo un clavel tras otro, los besaba y los devolvía al mar, así durante un rato, aquello parecía un juego interminable.

Sin querer, o mejor sin pensar, me encontré mojándome los zapatos, igual que ella, y recogiendo claveles, claveles que le entregaba y que ella lanzaba de nuevo al mar.

claveles 3 CC Y los claveles volvían.

Hasta que ella me dijo:

– Esta claro, él también me manda su amor, recibe mi amor de cada clavel y  me contesta con más amor en cada clavel que vuelve. Ya lo he entendido y sé que deben quedarse en la orilla, en este borde que nos separa y nos une a la vez.

Se sentó y yo me senté a su lado.

Sin que yo le preguntara, empezó a hablar, y me habló del amor y del dolor, de la vida y de la muerte, de la desesperación  y de la esperanza.

-Soy una persona muy afortunada, triste, pero afortunada, he tenido y tengo lo que todo ser humano busca: Un gran amor.

– No creo que exista ese gran amor, yo sé que se puede tener amor, que se puede tener una pareja, una buena relación, pero no creo que sea eterno ni tan grande, antes o después la rutina, los intereses o el simple hecho de vivir la vida día a día acaba con él.

No estaba yo en ese momento en condiciones de creer en el amor, en ese amor del que parece que me hablaba.

-¿Sabes cuantos claveles hay?

– No, es difícil contarlos yendo y viniendo con las olas.

– Hay veinte, uno por cada año, veinte años de amor, veinte años llenos de horas de felicidad.

No tenía nada mejor que hacer y realmente empezaba a interesarme lo que me pudiera decir aquella mujer triste y que parecía saber tanto del amor, además no me apetecía moverme de allí, se estaba bien, la luz del atardecer, el ruido del mar y el ir y venir de los claveles me tenían como hipnotizado.

Debió notar que estaba dispuesto a escucharla y empezó hablar.

-Era mi amigo y era mi amante, amante en el sentido literal, real y total de la palabra. No se si has oído una canción de Chavela Vargas que dice: “Sin saber que existías, te deseaba y antes de conocerte, te adiviné y llegaste en el momento en que te esperaba, no hubo sorpresa alguna cuando te hallé”.

Pues eso me pasó a mí. Era “él”.

Yo, la escuchaba y pensaba: ¿Por qué esta mujer me cuenta su vida? Pero no me atrevía a interrumpirla y total ¡que carajo! tan poco tenía nada mejor que hacer y bueno…,  igual aprendía algo, además sentía una cierta curiosidad y ella estaba tan triste, tan triste casi como yo me había sentido en algunos momentos de estos fatídicos últimos días.

Así que, mientras miraba el mar y los claveles yendo y viniendo desde la rompiente hasta casi nuestros pies, continué escuchando su historia.

-Recorríamos plazas y calles de esta ciudad y entonces la ciudad entera parecía brillar. ¿Has oído hablar de la telepatía entre amantes? Nosotros la teníamos, sólo con mirarnos ya sabíamos como nos sentíamos, no nos hacia falta hablar. Por eso su muerte ha sido devastadora para mí, no es que una parte de mí se haya muerto, sino que todo mi ser está muerto.

Entonces, la miré y comprobé que lo que decía parecía cierto, había en ella una falta de vida casi total, sin embargo en algunos instantes sus ojos se iluminaban, como si un pensamiento hermoso pasara por su mente y una chispa de luz se colase entre unas lágrimas que ella trataba de evitar.

-¿Tú vienes mucho por esta playa?

-Últimamente sí. Casi todos los días y no sé muy bien por que.

-Nosotros veníamos a menudo, nos pasábamos  horas paseando o sentados hablando y mirando el mar. Una vez me dijo:”Cuando muera quiero que tú eches mis cenizas en este mar”. He tardado tres meses en reunir las suficientes fuerzas para hacer lo que hoy he hecho, no pude echar sus cenizas al mar pero a cambio le mando veinte claveles, uno por cada año de amor.

Ella calló un rato y yo me puse a pensar: si luego se sufría tanto, merecía la pena haber amado así.

Traté de animarla o consolarla  y le dije:

-Seguro que lo superaras, dicen que el tiempo ayuda a olvidar y que el ser humano por supervivencia siempre sale adelante.

-Yo quiero estar bien, pero no a través del olvido, quiero estar contenta sin olvidarme ni un instante de él. Un amor como el nuestro no puede desaparecer, no puede ser que estemos hechos para querer así y luego esto quede en nada. Me gusta pensar que él está en lo que yo llamo “otro lugar” y que en ese otro lugar yo volveré a estar con él.

Se iba haciendo oscuro, casi era de noche y empezaba a notarse algo de frió, me dijo que se marchaba y lentamente arrastrando su tristeza pero con un gesto de resolución, como si aún llevara en la cabeza sus ultimas palabras, se alejó de mí.

Me quedé un rato más, pensando en esta conversación, últimamente siempre que hablaba con alguien luego tenía que pensar.

Y me dije: debe existe el amor, el verdadero amor y debe ser cierto eso de la fuerza del amor.

Mamen Lucas

Imagen: Vladimir Volegov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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