Soy lo que conozco, lo que conozco es yo.

Soy lo que conozco, lo que conozco es yo – Reflexión from Ona Daurada on Vimeo.

La mayoría de la gente se siente sepa­rada de todo cuanto les rodea. En un lado estoy yo y en el otro el resto del universo.

No estoy arraigado en la tierra como un árbol, sino que me muevo precipitada­mente, independientemente de los demás.

Parezco ser el centro de todo, y, no obstante, estoy apartado y solo.

Puedo percibir lo que sucede en el interior de mi cuerpo, pero sólo puedo suponer lo que sucede dentro de los de­más. Mi mente consciente debe tener sus raíces y oríge­nes en las profundidades más insondables de mi ser, pero da la impresión de que vive sola dentro de este cráneo pequeño y hermético.

Sea como fuere, la realidad física es que mi cuerpo sólo existe en relación con este universo, y la verdad es que estoy adherido a él y dependo de él como una hoja está unida a la rama.

Me siento separado únicamente por la división que existe en mi interior, porque intento separarme de mis propios sentimientos y sensaciones. En consecuencia, lo que siento y percibo me parece ex­traño. Y al ser consciente de la irrealidad de esta divi­sión, el universo deja de parecer extraño.

Soy lo que conozco; lo que conozco es yo.

La sensa­ción de una casa al otro lado de la calle o de una estrella en el espacio exterior forma parte de mi yo tanto como un picor en la planta del pie o una idea en mi cerebro.

En otro sentido, también soy lo que no conozco. No soy consciente de mi propio cerebro como tal cerebro. De la misma manera, no soy consciente de la casa al otro lado de la calle como un objeto separado de mi sensación de él.

Conozco mi cerebro como pensamientos e impresio­nes, y conozco la casa como sensaciones. De la misma manera que no conozco mi propio cerebro o la casa como un objeto en sí mismo, no conozco los pensamien­tos privados del cerebro ajeno.

Pero mi cerebro, que es también yo, el cerebro ajeno y los pensamientos que contienen así como la casa al otro lado de la calle, son todos ellos formas de un proce­so entrelazado de un modo inextricable llamado mundo real.

Consciente, inconscientemente o como sea, es todo yo en el sentido en que el sol, el aire y la sociedad humana son igualmente vitales para mí, tanto como el cerebro o los pulmones.

Entonces, si éste es mi cerebro —aunque sea inconsciente de él— el sol es mi sol, el aire es mi aire y la sociedad es mi sociedad.

Desde luego, no puedo ordenar al sol que adopte for­ma de huevo ni obligar al cerebro de otra persona a que piense de un modo diferente. No puedo ver el interior del sol ni puedo compartir los sentimientos privados de otra persona.

Pero tampoco puedo cambiar la forma o la estructura de mi propio cerebro, ni tener la sensación de que es un objeto, como una coliflor.

Pese a ello, si mi cerebro es yo, el sol es yo, el aire es yo y la sociedad, de la que usted forma parte, es yo también, pues todas estas cosas son tan esenciales para mi existencia como mi ce­rebro.

La existencia del sol, aparte de la sensación que tenga de él, es una inferencia. El hecho de que tenga cerebro, aunque no pueda verlo, es igualmente una infe­rencia.

Sabemos estas cosas sólo en teoría y no por la experiencia inmediata.

Pero este mundo «externo» de objetos teóricos es, aparentemente, una unidad, tanto como lo es el mundo «interno» de la experiencia.

Infiero que existe a partir de la experiencia, y como la experien­cia es una unidad —soy mis sensaciones— asimismo debo inferir que este universo teórico es una unidad, que mi cuerpo y el mundo forman un proceso único.

Alan Watts

Imagen: Elizabet Gadd

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