El cuervo y los primeros hombres. Leyenda de los Indios Haida

El cuervo y los primeros hombres – Leyenda de los Indios Haida. from Ona Daurada on Vimeo.

La gran inundación que había cubierto la Tierra durante tanto tiempo se había reti­rado por fin y hasta la delgada franja arenosa que ahora se denomina Punta Rosa, estaba seca.

El Cuervo había ido volando hasta allí con el fin de atiborrarse con las exquisiteces dejadas por las aguas al retroce­der, de modo que por una vez no tenía hambre.

Pero sus otros apetitos —la concupiscencia, la curiosidad y su insaciable afán de entrometerse en todo y provocar situaciones, de gastar bromas al mundo y a sus criaturas— seguían estando insatisfechos.

Aunque la playa era muy hermosa, no parecía haber vida en ella y el Cuervo, por tanto, se aburría soberanamente.

Dejó escapar un profundo suspiro, cruzó las alas detrás de la espalda y se puso a andar por la arena con la lus­trosa cabeza erguida y los penetrantes ojos y los oídos alerta a cualquier visión o sonido inesperados.

Después, respirando hondo, gritó con petulancia al cielo desierto. Para su regocijo oyó en respuesta un chillido amortiguado.

Al principio no vio nada, pero cuando volvió a escudriñar la playa atrajo su atención un destello blanco, y al posarse encontró junto a sus patas, una gigantesca concha de almeja. La examinó aún más de cerca y se perca­tó de que la concha estaba llena de pequeños seres encogidos por efecto del terror que su enorme som­bra les causaba.

Bien, pues allí había algo para romper la monoto­nía de la jornada.

Pero nada iba a suceder mientras los diminutos seres permanecieran en el interior de la concha, y no había que contar con que salieran, tan atemorizados como estaban en aquel momento.

Así pues, el Cuervo inclinó su cabezota aproximán­dola a la concha, y con su lengua de embaucador, engatusó, persuadió y forzó a las criaturillas a que saliesen a jugar a su nuevo mundo, maravilloso y resplandeciente.

Como sabéis, el Cuervo habla con dos voces, una áspera y estri­dente, otra —que era la que utilizaba en aquel momento— un canturreo seductor, semejante al tañido de una campana, que parece venir de las pro­fundidades del mar o de la caverna donde nacen los vientos. Es un sonido irresistible, uno de los sonidos más encantadores del mundo.

De modo que no pasó mucho tiempo antes de que uno y después otro de los habitantes de la concha salieran tímida­mente. Algunos de ellos retrocedieron de inmediato al ver la inmensidad del mar y del cielo y la abruma­dora negrura del Cuervo.

Pero finalmente la curiosi­dad se impuso a la cautela y todos ellos salieron rep­tando o gateando.

Eran unos animales muy raros: tenían dos patas como el Cuervo, pero ahí termina­ba el parecido.

Carecían de lustrosas plumas y de un pico saliente. Su piel era pálida y estaban desnudos, salvo por lo que hace a la larga cabellera negra que crecía en sus cabezas redondas.

En lugar de fuertes alas tenían delgados apéndices a modo de palos, que se movían y agitaban cons­tantemente. Eran los haidas originarios, los primeros humanos.

Durante mucho tiempo el Cuervo se entretuvo con sus nuevos juguetes, observando cómo explo­raban su mundo, que ahora se había ensanchado considerablemente.

A veces se ayudaban en sus nuevos descubrimientos.

Con la misma frecuencia disputaban a propósito de alguna novedad que hubieran encontrado en la playa. Y el Cuervo les enseñó algunos trucos ingeniosos, en los cuales resultaron notablemente expertos.

Pero la capaci­dad del Cuervo para prestar atención a algo era de escasa duración, y se acabó cansando de sus peque­ños compañeros.

Para empezar, todos eran machos. Había estado inspeccionando la playa para acá y para allá en busca de hembras, esperando que hicieran el juego más interesante, pero no se veían hembras por ninguna parte.

Estaba a punto de empujar a aquellos animalillos, ahora cansados, exi­gentes y fastidiosos, de nuevo a su concha de alme­ja y olvidarse de ella cuando de pronto se le ocurrió una idea.

Recogió a los hombres y, a despecho de sus for­cejeos y gritos de espanto, los puso sobre su ancha espalda, donde se escondieron entre sus plumas.

Después el Cuervo extendió las alas y se echó a volar en dirección a la Isla Norte. Había marea baja y las rocas, tal como esperaba, estaban cubiertas de esos moluscos, grandes pero de blandos belfos, conocidos como quitones rojos.

El Cuervo se sacu­dió ligeramente y los hombres resbalaron de su espalda y cayeron en la arena. Entonces el Cuervo se posó en la roca y con su fuerte pico arrancó un quitón de su superficie.

Bien, si habéis examinado alguna vez la parte inferior de un quitón quizá empezaréis a entender lo que el Cuervo tenía en su mente libidinosa y retorci­da. Echando hacia atrás la cabeza, lanzó el quitón al hombre más cercano.

Su puntería fue tan certera como solamente puede ser la de un gran mago, y el quitón encontró su blanco en la sensible ingle del sobresaltado hombrecillo nacido en una concha.

Allí se adhirió con fuerza el quitón.

Entonces, tan repen­tinamente como la espuma cuando azota las rocas tras romper una ola contra ellas, una lluvia de quitones se abatió sobre los humanos, que contemplaban con los ojos desorbitados cómo cada uno de los moluscos de abiertas fauces volaba inexorablemen­te hacia su blanco.

A los hombres nunca les había sucedido nada semejante.

Jamás durante su larga permanencia en la concha de almeja habían soñado semejante cosa.

Estaban sorprendidos, desconcertados, confundidos por una avalancha de nuevas emociones y sensacio­nes. Se movían de acá para allá y se retorcían, sin saber si era placer o dolor lo que estaban experi­mentando. Se echaron en la playa, donde pareció como si una gran tempestad estallara sobre ellos, seguida igual de repentinamente por una profunda calma.

Uno por uno, los quitones se desprendieron. Los hombres se pusieron en pie tambaleándose y se encaminaron lentamente playa abajo, seguidos por la estridente risa del Cuervo.

El primer grupo de humanos varones desapareció pronto detrás del siguiente promontorio, saliendo de los juegos del Cuervo y de la historia de la humani­dad. Si encontraron el camino de vuelta a su concha o acabaron sus días en otra parte, o perecieron en el medio extraño al que habían ido a parar, es algo que nadie recuerda, y tal vez a nadie le importa.

Habían desempeñado su papel y recorrido su camino.

Entretanto, los quitones habían regresado a la roca, a la cual se aferraron como antes. Pero tam­bién ellos habían cambiado.

Cuando la marea alta siguió a la baja y las grandes tempestades de invierno dejaron paso a las lluvias más benignas y al tibio sol de la primavera, los quitones crecieron y crecieron, haciéndose muchas veces más grandes de como habían sido hasta entonces los de su especie.

Sus caparazones articulados parecían a punto de estallar por la enorme presión que sufrían desde el interior.

Y un buen día, una enorme ola barrió la roca, los arrancó de sus asideros y los devolvió a la playa.

Cuando el agua retrocedió y el tibio sol secó la arena, se produjo una gran agita­ción entre los quitones.

De cada uno de ellos sur­gió un humano de piel morena y cabello negro. Esta vez había entre ellos machos y hembras y el Cuervo pudo dar comienzo a su mayor juego: un juego que aún continúa.

Aquéllos no eran tímidos habitantes de una con­cha de almeja, sino hijos de la salvaje costa, nacidos entre el mar y la tierra; desafiaban la fuerza del tem­pestuoso Pacífico Norte y le arrebataban un rico medio de vida.

Sus descendientes construyeron en sus playas las sólidas y bellas casas de los haidas y las adornaron con las poderosas tallas heráldicas que hablaban de los legendarios orígenes de las grandes familias, de todos los héroes y las heroínas y los valientes animales y monstruos que configura­ran su mundo y sus destinos. Durante muchas gene­raciones crecieron y florecieron, edificaron y crea­ron, lucharon y destruyeron, viviendo según las variables estaciones y los invariables rituales de sus ricas y complejas vidas.

Todo esto casi ha terminado. La mayoría de los pueblos han sido abandonados, y los que no han desaparecido del todo se hallan en ruinas. Las gen­tes que quedan han cambiado. El mar ha perdido mucha de su riqueza y grandes extensiones de la propia tierra han quedado yermas. Tal vez es hora de que el Cuervo empiece a buscar otra concha de almeja.

Adaptación de una narración de B. Reid y R. Bringhurst

Pinturas de Ai Xuan

Ona Daurada

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