Nuestro estado interno condiciona nuestra conducta

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¿Has tenido la experiencia de estar en racha, la sensación de que nada podía fallarte? Seguramente habrás conocido también la experiencia contraria: los días que más valía no haberse levantado.

¿En qué consiste la diferencia? Uno siempre es la misma persona, y debería poder disponer de todos sus recursos. Así pues, ¿por qué se producen resultados desastrosos unas veces, y fabulosos otras?

La diferencia radica en el estado neurofisiológico en que uno se halla. Hay estados que potencian (como la confianza, el amor, la seguridad interior, la alegría, el éxtasis, la fe), que liberan fuentes inagotables de poder personal. Y hay estados que paralizan (como la confusión, la depresión, el miedo, la angustia, la tristeza, la frustración), y que nos dejan impotentes. Como cuando entras en un restaurante y el camarero te recibe con un bufido. Puede que sea de esta manera porque tiene una vida llena de dificultades. Pero es más probable que tenga un mal día. Si pudiera cambiar dicho estado, cambiaría su comportamiento.

Comprender nuestro estado es la clave para comprender el cambio y alcanzar la excelencia. Nuestra conducta es el resultado del estado en que nos encontramos.

Un estado puede definirse como la suma de los millones de procesos neurológicos que se producen en nuestro interior o, en otras palabras, la suma total de nuestra experiencia en cualquier momento dado. Muchos de nuestros estados ocurren sin ser dirigidos conscientemente por nosotros. Vemos algo, y frente a ello reaccionamos cayendo en un estado determinado, que puede ser de los estimulantes y útiles, o de los incapacitantes y limitantes.

Si todo comportamiento es consecuencia del estado en que nos hallamos, entonces…

 

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 ¿Quién crea el estado en que nos hallamos?

Podemos distinguir un componente principal, nuestras representaciones internas y el empleo que hagamos de ellas.

El cómo y por qué se representa uno las cosas, además del cómo y el qué se dice uno a sí mismo ante una situación dada, crea el estado en que se encuentra y, por tanto, los tipos de comportamiento que produce.

¿Por qué razón unos individuos se representan las cosas desde un estado de preocupación, mientras otros se plantean representaciones internas que les sumergen en la desconfianza o en el enfado? Son muchos los factores que intervienen en ello. Es posible que hayamos modelado nuestras reacciones a imitación de nuestros padres u otros prototipos, observados en experiencias similares.

Nuestras creencias y actitudes, nuestros valores y nuestras experiencias afectan al tipo de representaciones que nos hagamos.

La clave para obtener los resultados que uno desea consiste en representarse las cosas de manera que uno se sitúe en su estado de plenitud tal que, plenamente dueño de sus recursos, pueda asumir acciones de la especie y calidad que se necesita para alcanzar aquellos resultados.

 

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¿Cómo se determina el comportamiento concreto que adoptaremos en tal o cual estado?

Cuando nos hallamos en un estado, éste transmite al cerebro diferentes opciones de conducta, el número de las cuales dependerá de nuestros modelos del mundo. Ciertas personas cuando montan en cólera, tienen un modelo predominante de cómo reaccionar que aprendieron y hallaron que en alguna ocasión ello les servía para conseguir el fin deseado, y esa experiencia almacenada, les sirve como patrón de sus reacciones en el futuro. Y las transforma en una representación interna.

De este modo la representación interna, la experiencia que tiene uno de un acontecimiento, no es exactamente el suceso en sí, sino una relaboración interna y personalizada.

Este proceso de filtrado explica la inmensa variedad de la percepción humana.

Recibimos la información del medio ambiente a través de unos receptores especializados, los órganos de los sentidos.

Estos receptores especializados transmiten los estímulos externos al cerebro. Este filtra estas señales

Todos tenemos una manera de ver el mundo, modelos que configuran nuestras percepciones de lo que nos rodea.

Una de las constantes de la vida es que los resultados se están produciendo siempre. Si no es uno mismo quien decide conscientemente qué resultados quiere obtener y no se representa las cosas en consecuencia, será entonces algún agente externo que condicionará nuestros estados y dará lugar a comportamientos que quizás no deseamos.

Si no sembramos las semillas mentales de lo que deseamos cosechar, automáticamente todo se llenará de malas hierbas. Es decir, si no dirigimos de manera consciente nuestras propias mentes y estados, el medio que nos rodea puede producir estados al azar no deseados.

Por eso es importante permanecer atentos, día tras día, para saber cómo son nuestras representaciones internas.

Cultivemos diariamente nuestro jardín

Fuente: Anthony Robbins

Imagen: Miho Hirano

Núria Batlle

Ona Daurada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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