Kimani y su maletita

Había una niña negrita de esas que una vez que la conoces, es difícil que la puedas olvidar. Su nombre era Kimani, que significa: “La que es bella y dulce”. Ella tenía unos rizos gruesos y tan negros como el azabache mismo. Estos, eran el recuerdo y el testimonio vivo de su historia y orígenes afro. Sus ojos morenos expresaban tal delicadeza y alegría que podía contagiarla a quien la rodeaba.

Todos los días tanto sus padres como ella misma recibían elogios sobre lo hermosa que era, lo linda que lucía con sus rizos alborotados y sobre lo expresivos que sus ojos eran.

Todo parecía perfecto, Kimani, comenzó a crecer, sus curvas se redondearon así como la grandeza de sus ojos. Sus rizos se volvieron más desordenados y con ellos los comentarios no tan agradables comenzaron a llegar.

Kimani no entendía por qué ya la gente no le decía cosas bonitas como antes, sino todo lo contrario: “¿Por qué no te alisas el pelo?”, “¿Por que no te vistes como las demás?”, “Has estudiado toda una carrera universitaria, pero así no pareces una profesional”, “Tienes que comportarte, no puedes reírte de esa forma, ya no tienes cuatro años”.

Al principio todos esos comentarios le caían como un balde de agua fría, pero luego pensó que era para su bien.

Y entonces, se dijo:

“Ummm debo hacer lo que ellos me dicen. Debo comportarme y ser una persona seria y profesional”.

Por eso, un día Kimani buscó su maletita vieja, donde solía guardar sus secretos cuando era muy niña, y allí dejó sus rizos alborotados, sus curvas prominentes, todos sus rasgos fuertes y gruesos, sus ojos expresivos y por último, lo que le dolió más, su risa contagiosa. Cerró su maletita y le puso una etiqueta, que parecía gritar: “Mis miedos”.

Al día siguiente salió a la calle y al instante pudo sentir las sonrisas y los comentarios simpáticos de la gente sobre lo bien que lucía y se comportaba. Aunque su piel negra todavía estuviera, ya que no la pudo dejar en la maletita porque era muy pequeña para guardar toda la extensión de negrura.

Nuevamente Kimani se sintió aceptada, pero no lo suficiente como para llenar el vacío de todo lo que se había desprendido. Entonces una noche cuando llegó a su casa volvió a abrir la maletita de los miedos y guardó su autoestima; con ello, ya le era indiferente el hecho de que no se sintiera bien con ella misma.

Los días pasaron, Kimani era cada vez más “valorada” por sus semejantes, se convirtió en una sensación entre sus amigos, total era como ellos y lo más triste se reía como ellos.

Un día lluvioso y con prisa, después de larga caminata llegó, por fin, a la estación del bus. Se montó en el primero que pasó, no le importó el hecho de que estuviera atiborrado de otros personajes de la triste rutina de su vida.

Una Señora se subió después que ella y tal como si no existiera la pisó y la empujó, tratando de buscar un espacio acorde a su tamaño exagerado.

En ese momento Kimani no pudo ser lo suficiente indiferente y le dijo a la señora de curvas multiplicadas:

-“Disculpe, pero me está pisoteando, ¿Podría, por favor, correrse un poco?”

La señora, no pudo creer lo que escuchó y le dijo:

-“Si quiere comodidad use un taxi…. Negra tenía que ser”

Tal ráfaga de luz, Kimani comprendió que al intentar esconderse tras la caricatura de otros, se estaba dejando pisotear y minimizar, y algo más importante que hasta ese instante no había pensado, que era negra y siempre lo sería.

Y por primera vez después de mucho tiempo sonrió y le respondió a este personaje:

-“Gracias, sí, tenía que ser negra y amo serlo”.

Tocó el timbre del bus y se bajó. Comenzó a correr y no le importó la lluvia de críticas que empezó a recibir por tal comportamiento. Siguió corriendo, dejando atrás las personas acartonadas a las que permitió que por mucho tiempo le dictaran la forma en que tenía que llevar su vida. Kimani, entre sudor y cansancio, llegó a su casa, subió las escaleras y llegó a su habitación. Buscó su maletita, la abrió y se volvió a colocar sus rizos desordenados, sus curvas, sus ojos redondetes junto con sus rasgos fuertes y por último, pero fue lo que más le alegró, colocarse de vuelta, su risa. Luego de todo esto, Kimani se vistió con su autoestima.

Sin embargo, antes de cerrar su maletita decidió guardar todos los prejuicios, inseguridades, mitos y falsedades sobre su persona y su negrura. Luego de haber hecho esto, le colocó una etiqueta que decía: “Mentiras que solía creer” y la guardó en el rincón más oscuro de su armario.

Desde ese día Kimani es feliz siendo ella, contagiando a otros con su alegría y su risa. Corriendo cuando le place, siendo ruidosa cuando le nace serlo y nunca más dejando que le pisen con la sombra de los demás.

Sí, Kimani tenía que ser, y su negrura cuenta la historia de su afro descendencia.

¿De qué tienes llena tu maletita? ¿Has dejado que otros la llenen por ti?

Adaptación de un cuento de Andrea Catalina Fajardo

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