Las máscaras emocionales

 

¿Cómo enmascaramos lo que sentimos? ¿Por qué lo hacemos?

A veces hacemos creer a los demás que sentimos algo porque consideramos que es lo que esperan de nosotros.

¿Es quizás el precio que pagamos para que nos acepten o quieran? ¿Qué alteraciones o barnices ponemos encima de determinados sentimientos?

¿Qué emociones creemos que deben ser maquilladas?

¿Qué efectos tiene esta estrategia?

Las máscaras emocionales que nos ponemos en función de lo que consideramos que debemos sentir, son una traición a nuestros propios sentimientos y puede ser una fuente importante de conflictos. Maquillamos lo que creemos que puede ser censurado o mal visto, maquillamos su intensidad y, a veces, su esencia.

Si una persona ha sido educada con el mensaje de que nos es legítimo ni correcto enfadarse, es posible que se coloque una máscara de calma aparente y esconda bajo ella una fuerte ira que, al no ser expresada y reprimirse, va a ser transformada en una energía destructiva y tóxica que en algún momento verá la luz.

 

 

La máscara de la invulnerabilidad

“Soy fuerte, nadie puede contra mí”

La persona que la utiliza quiere crear la ilusión de que tiene poder y fuerza, de que es más fuerte que los demás. Así es que esconde y reprime sus miedos más íntimos: el miedo al fracaso, al rechazo, a no ser amado y a no ser reconocido por sus méritos. No expresa sus miedos, aunque sus miedos siguen allí, tapados por la máscara de la invulnerabilidad. La soledad puede ser terrible.

Vuelcan su energía en el intento de controlarlo todo: su entorno, las personas que están a su alrededor e incluso a sí mismas. Ésta es otra misión imposible. La vida es movimiento, cambio y sorpresa, y las personas no desean sentirse constantemente supervisadas y  controladas. En el momento más inesperado este montaje les acaba explotando en las narices y se hunden en la miseria emocional más absoluta.

 

 

La máscara del control

Quiere dejar claro que “yo soy competente y nada se me escapa”. Este cosmético emocional se propone una misión imposible. Vivimos en la incertidumbre y, a veces, en el caos, y es normal que pueda ser difícil aceptar lo inesperado y que, por tanto, el descontrol sea parte de nuestro equipaje.

Con esta máscara la persona no sólo intenta controlar su vida sino que se empeña en dirigir la de los demás, supervisando lo que hacen, aconsejando o imponiendo lo que deben hacer o decidir. La máscara del control esconde un mundo afectivo lleno de dudas, incertidumbre, desconfianza, inseguridad y soledad.

Es importante dejar las máscaras y mostrarnos como somos. Posiblemente seamos más vulnerables pero también estaremos más vivos y seremos más cercanos y fáciles de amar. Merece la pena arriesgarnos a ser nosotros mismos puesto que tan solo con coherencia y honestidad vamos a poder mantener el equilibrio interior.

Si quieres vivir en paz…

dimite como Director General del mundo

Fuente: J. Soler y M. Conangla

Imagen: Duma Arantes

Núria Batlle

Ona Daurada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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