Las palabras tienen poder

 

Desde siempre los seres humanos hemos tenido la sensación de que las palabras son más que meras secuencias de sonidos, sílabas y letras.

Antes se pensaba que las palabras eran algo mágico, que eran sonidos sagrados que mantenían una estrecha relación con las cosas a las que se referían. Y hasta hoy seguimos repitiendo la misma experiencia: las palabras tienen poder.

Las palabras no solo dan nombre a objetos, personas, sentimientos, actividades y acontecimientos, sino que nos transfieren el efecto completo, tanto físico como psíquico de esos fenómenos.

Para nuestro cuerpo, las palabras realmente son lo que significan subjetivamente para cada persona.

Es el cerebro el que registra el lenguaje. Pero no solo memoriza el significado y la ortografía de las palabras, sino que las codifica meticulosamente junto a todas las experiencias físicas y psíquicas que alguna vez hayamos relacionado con ellas. De este modo, la palabra hablada o pensada vuelve a dar vida a los acontecimientos del pasado.

En ocasiones, simplemente un nombre es capaz de infundirnos miedo, sin que esté presente la correspondiente persona. Asimismo, las palabras “colegio” o “matemáticas” pueden conseguir que un niño baje la cabeza incluso si está tranquilamente en su casa.

Es el cerebro el que hace que puedas identificar las palabras y que esas palabras se relacionen con las imágenes y asociaciones que tú tienes en tu cerebro.

¿Realmente tienen los mismos pensamientos el que habla y el que recibe las palabras? A pesar de que los dos utilicen la misma palabra, es posible que sus sentimientos y pensamientos, en función de la vida y la personalidad de cada uno, sean diferentes.

Si les pides a diez personas que piensen en un “árbol”, con toda seguridad aparecerá un árbol en el pensamiento de cada una de las personas, pero es muy probable que esos diez árboles sean diferentes.

Gracias a las palabras y el lenguaje, nuestro cerebro tiene almacenada una cantidad enorme de información. Pero hay que tener en cuenta que cada cerebro registra esta información de forma individual, según sus propias experiencias vitales. Es posible que una persona al oír la palabra “problema”, se anime y ponga manos a la obra, mientras que otra lo único que quiera es salir corriendo.

Tan importante como la variedad del vocabulario es la necesidad de almacenar las palabras de tal forma que sean capaces de activar nuestras facultades y fuerzas, así como nuestra creatividad, en vez de desencadenar nuestros miedos y debilidades.

 

 

El poder de las palabras sobre el cuerpo

¿Cómo funciona exactamente el efecto que tiene una palabra sobre nuestros sentimientos y, por consiguiente, también sobre nuestro cuerpo?

Todos conocemos las cadenas de luces eléctricas que se utilizan para decorar los abetos en Navidad. Basta con enchufar la cadena a la red, y de repente todas las bombillas se encienden a la vez. En sentido amplio, también el cerebro funciona como esos circuitos eléctricos, que se llaman módulos. Sin embargo, estos módulos cerebrales no están conectados de forma fija, sino que las neuronas se combinan de forma renovada y diferente continuamente para formar circuitos coherentes, con sentido, en función de la necesidad.

Thomas Saum-Aldehoff dice que todas las neuronas que participan en un mismo módulo sincronizan sus descargas en un ritmo homogéneo de 40 hercios, y se refiere a estos circuitos sincronizados como “el canto de las neuronas”. Esta bonita imagen es capaz de explicar de manera gráfica por qué una palabra puede desencadenar unas reacciones tan intensas en nuestro cuerpo. Los módulos neuronales entonan su “canto” completo tras escuchar apenas la palabra asociada a él.

Para comprobar la función y el efecto de estos programas modulares te propongo un pequeño ejercicio:

Extiende los brazos hacia el cielo, mira hacia arriba y di en voz alta: “Estoy deprimido”. ¿Qué sientes?

Nueve de cada diez personas dicen enseguida: ”La postura de los brazos no sintoniza con la palabra “deprimido”. Si te sientes así deberías bajar los brazos y los hombros”.

¿Cómo podemos saber cuál es la postura de los brazos que combina bien con la palabra “deprimido”? Porque esta información está almacenada en el mismo programa modular que la palabra en cuestión.

Desde una perspectiva técnica, las diferentes zonas cerebrales conectadas a este módulo pueden compararse con las bombillas de una cadena de luces, ya que funcionan a la vez y no en momentos diferentes. Por tanto, la palabra “deprimido” no es más que una pequeña luz en un extenso programa modular que conecta entre sí diferentes partes del cerebro, incluidos los centros responsables de controlar el cuerpo.

En realidad, el poder de la palabra es el poder de los módulos. Cualquier palabra puede “encantarse” de tal manera que su potencial de poder se relacione con reacciones físicas sanas, es decir con programas modulares positivos. Recuerda que las neuronas no están conectadas a módulos concretos de forma fija, sino que pueden “entonar” nuevos “cantos” diferentes con circuitos diferentes.

Cualquier persona, gracias a sus múltiples experiencias, ya tiene acumulada en su cerebro una cantidad enorme de módulos o “cantos” llenos de energía que sólo están esperando a ser utilizados. Cualquier persona puede despertar esos potenciales para aprovecharlos.

El ser humano tiene poder de cambiar una condición desfavorable

agitando la varita mágica de sus palabras

Florence Scovel Shinn

Fuente: Cora Besser-Siegmund

Imagen: Alpay Efe

Núria Batlle

Ona Daurada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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