¿Qué hace que nos sintamos presionados?

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Mucha gente se encuentra atrapada en la “persona” (máscara), que es una imagen de uno mismo más o menos inexacta y empobrecida, creada cuando el individuo intenta negarse a sí mismo la existencia de una o varias tendencias que tiene, como pueden ser los impulsos eróticos, la tendencia a hacerse valer, el enfado, la alegría, hostilidad, valentía, agresión, interés u otras. Pero por más que intente negarlas, las tendencias no desaparecen y, puesto que son del individuo, lo único que éste puede hacer es fingir, “hacer como si”, pertenecieran a otro, a cualquiera que no sea él. De modo que, en realidad, lo que consigue no es negarlas, sino solamente negar que le pertenecen. Así llega a creer de veras que estas tendencias no son de él, que le son ajenas, externas. En consecuencia, estas tendencias alienadas son proyectadas en forma de sombra, y el individuo se identifica únicamente con lo que queda: una imagen de sí mismo reducida, empobrecida e inexacta, que es la persona. Se inicia así una batalla de opuestos: la de la persona con su propia sombra.

El ejemplo siguiente nos permitirá ver lo poco complicado que es en realidad el proceso.

Juan tiene muchos deseos de limpiar y ordenar el garaje, que está totalmente desordenado. Finalmente, decide que es el momento adecuado para poner manos a la obra y empieza a encarar la tarea con relativo entusiasmo, Juan está claramente en contacto con su propio impulso, porque sabe que indudablemente lo quiere hacer.

Pero cuando Juan empieza a ver todo el revoltijo increíble que hay en el garaje, le sucede algo extraño: comienza a reconsiderar todo el asunto, aunque sin abandonar su propósito. Da vueltas, se pone a hojear revistas, se entrega a recuerdos y ensoñaciones, se va poniendo nervioso. Al llegar aquí Juan empieza a perder contacto con su impulso, pero lo importante sigue siendo que su deseo de limpiar el garaje todavía está presente, porque de no ser así, se limitaría a abandonar el trabajo y hacer alguna otra cosa. Pero ya está empezando a olvidar su propio impulso y, por consiguiente, empezará a alienarlo y proyectarlo.

 

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La proyección del impulso

El deseo de limpiar el garaje aún está presente en Juan, es decir, que todavía está activo, de modo que constantemente reclama atención. Juan sabe en algún rincón de su mente que alguien quiere que él limpie el garaje, pero el problema es que ahora se ha olvidado de quién es ese alguien. Entonces empieza a sentirse molesto con todo el proyecto, y a medida que transcurren las horas, la difícil situación le molesta cada vez más. Lo único que realmente necesita para completar la proyección, es decir para olvidarse de su propio impulso de limpiar el garaje, es un candidato adecuado para “colgarle” su propio impulso proyectado. Como él sabe que alguien está presionándole, y esta presión está sacándole de quicio, le encantaría encontrar a ese “otro” que le está presionado.

 

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Entra en escena la víctima desprevenida

La mujer de Juan pasa casualmente por el garaje, asoma la cabeza y le pregunta con inocencia si terminó con la limpieza. Con un moderado arrebato, Juan le grita que no le atosigue. Porque ahora siente que no es él, sino su esposa quien quiere que él limpie el garaje. La proyección se ha completado, porque ahora parece como si el propio impulso de Juan llegara desde afuera. Él lo ha proyectado, lo ha puesto al otro lado de la valla, y desde allí parece como si le atacase.

Por consiguiente, Juan empieza a sentir que su mujer le presiona. No obstante, lo único que realmente siente es su propio impulso proyectado, su propio deseo de limpiar el garaje desplazado, puesto fuera de su lugar.

En pocas palabras: Juan proyectó su propio impulso y, por consiguiente, lo experimentó como un impulso externo, que venía desde afuera. Otro nombre para el impulso externo es presión. En realidad, cada vez que una persona proyecta algún impulso, se siente presionada, siente que su propio impulso se vuelve contra ella desde el exterior.

En este ejemplo, si Juan no tuviera el impulso de limpiar el garaje, no podría haber sentido ninguna presión procedente de su mujer, y habría encarado con toda calma la situación, diciendo que ese día no le apetecía hacerlo o que había cambiado de idea. En cambio se sintió presionado. Pero no sintió realmente que su mujer le presionaba, sino la presión de su propio impulso. Si no hay impulso, no hay presión.

Toda presión es, en el fondo, un impulso propio disfrazado.

Fuente: Ken Wilber

Núria Batlle

Ona Daurada

 

 

 

 

 

 

 

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