Nuestro amigo el perro

Nuestro amigo el perro

 

Prácticamente no existe nada nuevo que decir del perro y de su relación con el ser humano. De su total dedicación y amor incondicional a sus amos todos tenemos constancia y de sus labores de ayuda, acompañamiento y salvamento de vidas recibimos múltiples ejemplos a diario.

Es cierto que otros animales, principalmente el caballo, pero también el gato y algunos pájaros tienen una estrecha relación con sus dueños y lo manifiestan de una forma u otra.

Aunque sólo el perro tiene un comportamiento que no es consecuencia de un aprendizaje sino que está integrado en sus genes, sólo el perro se relaciona con las personas de manera distinta que con sus congéneres. No tienes que ser su dueño para que te dé con su patita para pedirte algo, generalmente caricias, nunca un perro le da con su patita a otro perro.

 

Nuestro amigo el perro

 

¿Qué podemos compartir con un perro?

O dicho de otra manera, teniendo en cuenta el nivel de evolución de la conciencia humana y el nivel de evolución de la conciencia de un perro, ¿cuánto o qué compartimos?

Está claro que cuando nos relacionamos con nuestro perro no sólo nos preocupa su comportamiento o conducta, normalmente esperamos más, nos interesa saber más.

Evidentemente compartimos un espacio físico (la gravedad y la materia), un espacio vegetativo (la vida) y  un espacio reptiliano (el hambre y las respuestas instintivas de parálisis, ataque o huida). Además los seres humanos y los perros compartimos un sistema límbico similar y en consecuencia también compartimos un espacio emocional común.

Es este espacio común el que permite al ser humano darse cuenta de que su perro está triste, tiene miedo, está contento o tiene hambre. Y casi todas las personas interactúan con esas profundidades, casi todas participan de ellas.

 

Nuestro amigo el perro

 

Cuando nuestro perro está feliz es fácil compartir esa felicidad, pero para ello primero hemos tenido que interpretar lo que nuestro perro está sintiendo. Por supuesto, no se trata de una comunicación verbal o lingüística sino de una resonancia empática con la interioridad de nuestro perro, con su profundidad, con su nivel de conciencia que tal vez no sea tan elevado como el nuestro pero no por ello inexistente.

Así que nosotros interpretamos enfáticamente y el perro hace lo mismo con nosotros. Cada uno puede resonar con la interioridad del otro.

Ambos compartimos un espacio común, un espacio emocional común, la diferencia es que nosotros podemos elaborar conceptualmente esa comunicación, cosa que nuestro perro no podrá hacer.

Pero las emociones básicas del perro son bastante similares a las nuestras. Interpretamos los sentimientos internos de nuestro perro y nos relacionamos con él.

Este sustrato común, proporciona el contexto común que permite la interpretación y posibilita el hecho de compartir.

Toda interpretación requiere de un contexto, y en este caso, el contexto lo proporciona el espacio emocional común, la cultura común que compartimos con los perros.

Fuente: Ken Wilber

Fotos: Jennifer Verny Franks

Mamen Lucas

Ona Daurada

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *