Los gatos: Grandes maestros

 LOS GATOS: GRANDES MAESTROS

 

De todos los animales domésticos, es el gato el único que no ha sido domesticado por el hombre. No porque siga siendo salvaje (aunque a veces lo parezca) ni porque sea capaz de convivir con los humanos, sino porque no fueron los seres humanos los que domesticaron al gato, más bien fue el gato el que se domesticó a sí mismo. En otros casos los seres, humanos tomaron cachorros de otras especies, los acostumbraron a vivir en su entorno o los sometieron y obligaron; pero el gato decidió él solo mudarse a vivir a las casas de los humanos. Por eso los gatos no tienen amo y la convivencia con ellos es siempre producto de un pacto, de una negociación. No de una dominación (si acaso son los gatos los que dominan a los seres humanos, esos animales enormes y, no obstante, bastante dóciles).

 

LOS GATOS: GRANDES MAESTROS

 

Los gatos –pienso- siempre saben qué hacer con su cuerpo. Se arrellanan cómodamente en cualquier parte, preferiblemente cálida y mullida: un sillón, un cojín, la alfombra, un montón de papeles o de trapos, el rectángulo de las baldosas calentadas por el sol que entra por la ventana. Cuando se sientan sobre las ancas y miran atentamente alrededor, en posición de alerta, son como un jarrón de porcelana peluda. En otras ocasiones se arrellanan en una postura que recuerda vagamente la de un pollo asado, también peludo; en esa posición a veces colocan las manos estiradas hacia delante, en el gesto solemnemente felino de una esfinge en miniatura; pero, con más frecuencia, en la posición del pollo asado cruzan con naturalidad sus manitas bajo el pecho, una postura relajada que suscita cierta ternura porque las patas delanteras ocultan su condición de garras.

También les gusta dormir enroscados sobre sí mismos, en una contorsión inverosímil en la que, sin embargo, parecen sentirse muy cómodos. Si les molesta la luz, son capaces de taparse los ojos con el rabo a manera de antifaz, o de cubrirse la cara con uno de los barcitos, en un gesto casi humano, infantil.

 

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De repente, abren un ojo, lego el otro, y lo que hasta entonces era un pollo asado de peluche o un rollo de pelo sin articulaciones ni huesos, se despereza parsimoniosamente: surgen dos zarpas temibles, llenas de uñas afiladas, que se agarran a la superficie más cercana, separando mucho los dedos; las patas delanteras se estiran, desplegando una anatomía de músculos bien formados, las caderas basculan hacia atrás y hacia delante y el lomo se arquea primero hacia arriba y luego hacia abajo, en un juego en el que parecen dibujarse  todas las vértebras por debajo de la piel; un bostezo enorme muestra unos colmillos feroces y una lengua que se parece a una lija rosada y, lo que hace un momento parecía un muñeco de peluche suave e inofensivo, se muestra durante un instante como lo que es: una fiera salvaje sólo levemente domesticada. Luego giran dos o tres veces sobre sí mismos, dando vueltas alrededor del calor de su lecho, y vuelven a acomodarse para dormir unas cuantas horas más.

 

LOS GATOS: GRANDES MAESTROS

 

A los gatos les apasiona la lectura; tanto, que a veces no nos dejan leer, porque nos disputan los textos impresos.

Cuando leemos un libro el periódico se interponen entre nuestros ojos y el texto, acomodándose solemnemente sobre el papel, nos preguntamos estupefactos, la razón de esta predilección por el texto escrito, hasta que un día, por casualidad, se nos ocurre poner la mano sobre el libro abierto: está tibio por el calor que irradia la lámpara con que iluminamos la lectura y esa leve tibieza es detectada por el gato.

Dicen que acariciar un gato alarga la vida. Quizás esta superstición se debe a la percepción de que acariciar un gato produce un placer vivificante. No es solo la suavidad sedosa de la piel. A medida que vamos pasando la mano una y otra vez por el pequeño bosque de pelo cálido, notamos un suave calor, una tibieza que se difunde desde el plexo solar hasta el centro del pecho.

 

LOS GATOS: GRANDES MAESTROS

 

Si el animal es cariñoso y busca nuestra caricia o, mejor aún, si empieza a ronronear, podríamos ser capaces de mantenernos durante varios minutos absortos en la tarea de acariciar al gato, sin pensar en nada más que lo que en este momento sentimos, lo que nos transmite esa pequeña vibración del ronroneo que nadie ha podido saber cómo se produce. Estar absortos en algo, concentrados en una sola cosa: algo difícil para unos animales tan dispersos como son los seres humanos. Acariciando al gato nos asomamos ligeramente a cómo debe ser la vida de los animales, centrada en el instante. El tiempo parece suspenderse un poco, mientras nos olvidamos momentáneamente de nuestras obligaciones y urgencias. Quizás sea esta la forma en que nuestra vida se alarga, no en el tiempo sino en la intensidad.

Fuente: Paloma Díaz-Mas

Imagen: Lowell Herrero

Núria Batlle

Ona Daurada

 

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