Un extraño en el universo

En el universo existen normas o leyes físicas que se cumplen con precisión matemática, la Luna siempre gira alrededor de la Tierra y jamás se sale de su orbita; todo en la naturaleza ocurre como si se cumpliera una orden estricta, o al menos eso es lo que parece; y en el mundo cuántico aunque el azar tiene un papel fundamental, eso no significa que no operen leyes sobre las partículas.

El ser humano

El ser humano, sin embargo, tiene una capacidad tremendamente misteriosa: la de tomar decisiones de manera voluntaria. Desde pequeño sabe que una parte de su vida la decide él, tiene libertad, no es como un árbol o una piedra.

La ciencia habla de leyes físicas inviolables, de reglamentaciones cósmicas que la materia no puede desobedecer.

Si una molécula no es libre ¿por qué va a serlo el ser humano, ese extraño ser, formado de moléculas? ¿Por qué la suma de muchos elementos que no pueden ser libres iba a formar un superelementos que sí lo fuera?

Es parte del universo, su cerebro es un objeto que ocupa un lugar y un tiempo en la naturaleza; si todo lo demás obedece ciegas leyes perfectamente predecibles ¿por qué el ser humano iba a ser una excepción?

Una posible respuesta sería negar que sea parte del universo, o mejor, que esté formado por materia pero también por algo impreciso que se escapa de las exigencias de las leyes naturales. Esto no es nada nuevo, de hecho, todas las religiones del mundo apuntan a esta posibilidad, la existencia del alma o del espíritu.

Una segunda solución sería pensar que esa libertad es meramente una ilusión; que las leyes más elementales de la física operan en el cerebro humano obligándolo a tomar una decisión. Ser libre sería entonces un fabuloso espejismo. Esta hipótesis es defendida por algunos científicos, según las leyes del determinismo clásico, el ser humano hace lo que tiene que hacer; no actúa libremente, sus actos son el resultado de la interacción de fuerzas que obedecen a leyes naturales inviolables. Resulta muy difícil aceptar esto, experimentalmente resulta obvio que el ser humano es libre. El libre albedrío es un hecho incuestionable.

Últimamente se ha puesto de moda una tercera respuesta. Según esta teoría, la indeterminación de la materia a nivel cuántico podría dar una excelente pista para entender el misterio de la libertad humana. El cerebro, al estar hecho de átomos y partículas subatómicas cuyo comportamiento no está determinado, no sería tampoco algo determinado. La incertidumbre cuántica rompería las cadenas del determinismo clásico. Teoría fácilmente rebatible pues las partículas subatómicas no son “libres” sino que tienen un comportamiento “azaroso”; el cerebro formado por multitud de estas partículas no sería por ello más libre, sería, si acaso, más caótico.

Facultad de decidir

No es posible compaginar la existencia de leyes físicas con la capacidad humana de tomar decisiones libremente. Nadie puede tener la certeza de haber dado con una explicación acerca del enigma de la libertad; del porqué una parte de esta ciega maquinaria cósmica puede actuar al margen de ella, poniéndose un poco por encima y alterando la realidad a su antojo.

Somos una parte del universo, pertenecemos a él.

Surgimos de sus procesos y del comportamiento de sus leyes.

Y somos nosotros mismos quienes lo abordamos, teorizando sobre él.

¿Quiénes somos?

Casi siempre damos por supuesto que el universo es algo distinto de nosotros, una especie de gigante que se encuentra fuera y al que podemos espiar para comprenderlo. Tenemos instalada la idea de que “observador” y “observado” no tienen nada que ver y esto es la consecuencia de nuestra capacidad para saber que estamos aquí.

Definir una piedra, desde un punto de vista cuántico, puede ser difícil; pero la piedra sólo está. Nosotros, además, de parecernos en eso a la piedra tenemos una característica suplementaria: sabemos que estamos.

¿Cómo es posible? Si somos un pedazo de universo, ¿cómo se las arregla ese simple fragmento para saber que es un simple fragmento?

Es como si el universo después de miles de millones de años, de repente, hubiera adquirido “conciencia” de lo que es.

El universo observándose a sí mismo.

Somos el propio cosmos aprendiendo de sí mismo.

¿Cómo puede surgir la conciencia si no somos más que un enmarañado montón de átomos moviéndose alocadamente? ¿De qué modo la materia ha logrado saber que es materia?

Los pensadores de todas las áreas, cuando intentan encontrar una explicación al enigma de la conciencia, la llaman: “cualidad emergente”, pero el misterio sigue en pie.

Nadie lo sabe y ni siquiera podemos intuir por donde podría ir la respuesta.

¿Qué hacer, entonces? ¿Damos por supuesto que es un enigma irresoluble, o intentamos darle una respuesta, cuente lo que cueste?  

Tal vez lo mejor sería sólo disfrutarlo. Saborear el misterio, dejarse empapar por él. La sensación que genera enfrentarse a algo que supera nuestra capacidad también es una actividad gratificante.

Quizá en el fondo es algo muy sencillo. Algo que se siente no puede ser tan complejo. En el fondo de las cosas siempre hay sencillez.

Quizá los místicos no sean otra cosa que científicos que no saben que lo son.

Extraído de “El universo para Ulises” de Juan Carlos Ortega

Imagen: Alena Kallchanka

Mamen Lucas

Ona Daurada

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